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Puro, puritos, Púros

                                                         La historia de una carretera imposible en una selva única

                                              

En Ucayali hay una selva muy especial. Es la del Alto Purús. Cuando sobrevuelas por ella, todo es un manto verde infinito. En él los ríos son estrechos, curvilíneos y llenos de pescado, y junto a ellos, muy ocasionalmente, aparece una comunidad nativa o un poblado de colonos. En algún momento del vuelo en avioneta, se observa un escudo montañoso que se llama Arco de Yurúa. Apenas tiene 700 metros de altura y de él se originan esos ríos serpenteantes, los únicos que nacen en la Amazonía, como el Yaco, Acre, Tahuamanu, Las Piedras o Purús.

La selva del Alto Purús es colindante con Brasil y uno de los lugares, junto al Manu, más biodiversos del mundo. Su riqueza motivó que gran parte de ella sea un Parque Nacional, la categoría de conservación más estricta, el Parque de mayor tamaño en el Perú y una de las 10 áreas protegidas más grandes del planeta. Bien por el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas del Perú (SERNANP), con esa estrategia extendida de cuidar las fronteras con lugares conservados. Hay 25 guardaparques nativos de esta institución, liderados por Arsenio Calle, que cuidan los bosques de depredadores de madera, de misioneros que quieren contactar a los no contactados y de todos aquellos que agreden el ecosistema y las comunidades.

En la parte brasileña también hay territorios protegidos, creando el conjunto binacional gigantescos corredores de biodiversidad y cultura. En todo este territorio desarrollan sus trabajos instituciones como la WWF y ProNaturaleza a favor de la selva y su gente.

En esos lugares aislados, correspondientes a las cabeceras de los ríos, a los que se llega después de varios días de viaje, viven grupos de indígenas no contactados, parece que son cashinawas o huni kuin, pecho de lagarto, mashcos y mastanahuas. Los guardabosques nativos del SERNANP dicen que los más bravos son los pechos del lagarto. Así les contó el viejo Ipa, un no contactado que decidió acercarse, junto a tres mujeres, al último puesto de control que esa institución tiene en el Parque Nacional.

 

El diácono, la catequista, el congresista y el cura 

 La capital de esta gigantesca provincia de Purús es Puerto Esperanza a la que se llega exclusivamente en avioneta, como viene ocurriendo desde hace 65 años. Tiene unas dos mil personas y hay bastantes funcionarios, por ser zona de frontera y principal centro en muchos kilómetros a la redonda. La mitad de esa población, más o menos, quiere conectarse con el resto del Perú a través de una carretera de 300 kilómetros que atraviesa el corazón de la selva y el 80% del Parque Nacional Alto Purús. El resto de la gente vive en comunidades ubicadas entre unas horas y varios días de navegación hasta Puerto Esperanza.

 

Los partidarios de la carretera están liderados por cuatro personas. Una es José Manuel, diácono, de Celendín (Cajamarca), que lleva viviendo 2 años en Purús y con quien me encontré en la plaza principal, el día que llegué con un grupo de la WWF, con la cara pintada, sombrero de cowboy y tocando desenfrenado un tambor hecho con piel de sajino. Lo primero que me dijo cuando lo conocí fue ‘los que están en contra de la carretera que se vayan’, y lo último, a los tres días y con la misma pasión pero sin tambor, ‘no a Conga’.

 La otra persona es Rosalbina, puneña de Huancané, una localidad en la bellísima ruta que va de Juliaca a la frontera de Tilali con Bolivia. Lleva viviendo 10 meses en Purús y la vi ese día en la pista de avionetas, con el grupo de caras pintadas, coronas de plumas de guacamayo y carteles que defienden la carretera. Exactamente igual que el otro grupo, ubicado a 10 metros de aquél, pero que está en contra, y que son la mayoría de los habitantes de la provincia. Rosalbina vino a hacer misión entre los nativos del Purús. Me decía que estos no están acostumbrados a trabajar y que se pasan la vida tumbados en una hamaca, por eso son manipulables por los que están en contra de la carretera. Por ello, también, es necesario que produzcan y que críen animales.

 Esa mañana esperábamos en el aeródromo al congresista Carlos Tubino que nunca llegó, la tercera persona de este particular grupo que defiende la carretera. Según él es lo único que traerá desarrollo e integración nacional al Perú. Esa mañana hacía un calor infinito y el día terminó con un campamento improvisado en una playa del río Purús acompañado de una tormenta perfecta, cuyos rayos, truenos y lluvia, caían exactamente en el centro de nuestras carpas y botes.

La cuarta persona defensora de la carretera, y principal líder del grupo, es Miguel Piovesán. Este cura italiano argentino es conocido por el fuerte carácter que pone, y los medios que despliega, - folletos, radio, pastoral, web-, para defenderla a lo largo y ancho del Purús, como si la vida le fuese en ello. No hay negociación posible, o estás a favor de la pista o eres ‘un farsante, mercenario e inhumano (sic)’ si estás en contra.

 

La carretera menos rentable del mundo


Los cuatro dicen que esos vuelos en avioneta, que cuestan 150 soles el pasaje y llevan 12 personas, son caros y escasos (hay tres por semana, además de 4 vuelos cívicos al mes). Que los precios a los que llegan los productos a Puerto Esperanza son altísimos, a pesar de que el Estado sufraga el flete de los mismos y debido, como reconocen los funcionarios entrevistados, a la gigantesca especulación de los comerciantes. Que los purisinos también son peruanos. Que a este paso el Brasil se va a hacer con esta parte de la selva bella, lo cierto es que los grupos nativos cruzan con naturalidad a visitar familiares que están a ambos lados de la frontera. Que el sistema de salud es deficiente y la educación pésima, y que si hay una emergencia médica es muy difícil salir.

 

Y tienen razón. Existe un problema. Como en casi toda la selva peruana, existe el problema del olvido histórico, de la falta de servicios, del abandono, de la presión ambiental y del desconocimiento del país hacia un territorio que es el 65% del Perú, donde hay 55 idiomas diferentes, más de tres mil comunidades y decenas de miles de personas viviendo en él.

 

Pero a este problema se añade otro en Alto Purús: la solución que quieren dar para resolverlo. Se ha calculado que hacer una carretera entre Puerto Esperanza e Iñapari costaría entre 300 y mil millones de dólares. No sólo se hace, hay que conservarla, y más en un ecosistema como el amazónico. Por tanto, sumamos varios millones de dólares más todos los años.

 

La realidad enseña, como se ve en el Alto Marañón, en la interoceánica Sur, en varias vías de penetración a la selva central, en las cercanías de la pista llegando al Manu, o como pasa en Brasil, una carretera, sea asfaltada o no, trae, intrínsecamente, colonización, desforestación y narcotráfico, y más con una frontera cerca. Juan Manuel y Rosalbina me decían que para controlar eso está la policía.

 Además, si valorizásemos los servicios ambientales que se perderían como consecuencia de lo anterior habría que sumar varios millones de dólares, que son los que pagan por ellos algunos países del norte de Europa a las naciones ricas en bosques.

 Esta carretera atravesaría el corazón del Parque Nacional Alto Purús, la Reserva Comunal Purús, una unidad de concesión para conservación, varias concesiones forestales y las Reservas Territoriales de los indígenas. Según la Constitución, la ley de Áreas Naturales Protegidas, la Ley para la Protección de Pueblos en Situación de Aislamiento y la Ley Forestal y de Fauna Silvestre, esto es ilegal. También atravesaría el 80% de la provincia Tahuamanu de Madre de Dios, cuya población y autoridades se han manifestado absolutamente en contra, como lo han hecho los Ministerios del Ambiente, Transporte y Comunicaciones, y Cultura, el SERNANP, varias organizaciones indígenas nacionales e internacionales, municipalidades, centros de conservación de todo el mundo y otras instituciones del Estado, en diferentes oportunidades.

 

Avionetas como cancha


Y una carretera ¿para qué? Rosalbina dice que serviría para exportar productos y que los precios disminuyan para los que se importen a Purús. Además, facilitaría el acceso a la salud y las oportunidades en educación. En la comunidad Grau, ubicada a 9 horas de navegación de Puerto Esperanza, algunos nativos me comentaban que sí, que podrían enviar a sus hijos a la universidad, ser profesionales y vender sus yucas y plátanos. Que así les hablan cuando vienen a explicarles las bondades de la carretera.

El destino final de esa pista que quieren construir es Iñapari, la frontera de Madre de Dios con Brasil, formado por unas decenas de casas, donde hay menos servicios que los que hay en Puerto Esperanza y también menos gente y, por tanto, menos consumo. Para acceder a algo diferente, es decir, a mercados, educación y salud, habría que viajar desde ese lugar hasta Puerto Maldonado, y hacer 6 horas más de viaje. Las cosas se complican para los productos: llegan muy caros y no tienen competencia con todo lo que se produce alrededor de la capital de Madre de Dios. Una emergencia médica tampoco sería resuelta, porque es más rápido llegar a Pucallpa, con mejores opciones que Puerto Maldonado, que ir por tierra a este lugar, y lo mismo pasaría con la educación. Además, todos los trámites oficiales, por el hecho de que Purús es Ucayali, se centralizan en Pucallpa, la capital del departamento.

 

La regla de tres es simple. Si juntásemos esos miles de millones de dólares que costaría hacer y mantener la carretera, podríamos comprar avionetas para que hubiese vuelos todos los días a todas horas, y que el pasaje fuese gratis. Y desarrollar mejores centros de salud y educación en Puerto Esperanza, y tener autoridades mejor pagadas y motivadas, y más servicios, y control del precio de los productos, y más guardaparques que cuiden el bosque, y postas médicas, y boticas.

 Al final, como siempre, lo que la Amazonía necesita es una visión diferente del desarrollo. Un compromiso que responda a los problemas que vive la selva y su gente, en la que los protagonistas sean los indígenas y todos los que viven en ella, una mirada que piense en las generaciones futuras y que incorpore, como tema de negociación, lo que la humanidad ya se está jugando en el presente: el funcionamiento del clima, captura de CO2 y regulación del calentamiento global, reservas de agua dulce y una infinita despensa de productos, plantas medicinales, látex, resinas, fibras y maderas para la humanidad. Y en todo ello, los indígenas tienen mucho que aportar. 

No va. La carretera que uniría Puerto Esperanza con Iñapari, no puede ir ahora ni nunca. Ni es legal, ni es sostenible, ni es económicamente asumible, ni socialmente rentable, ni cambiaría nada la realidad actual, ni es palabra de Dios. No es nada más que un arrebato. Un arrebato como la tormenta que tuvimos esa noche, pero la diferencia es que ésta, con su agua, limpia el aire y llena los ríos que cuidan y alimentan uno de los lugares con mayor vida en el planeta.

 

Fuente: El Comercio

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